martes, 22 de octubre de 2013

ABSOLUTO

«¿No habrá nada, nada, que no cambie, que sea fiel e idéntico a sí mismo?» 

Foto de la Granada de mediados del siglo XIX con que Caja Granada anuncia su exposición "Una imagen de España. Fotógrafos estereocopistas franceses [1856-1867] (Centro de Exposiciones CajaGRANADA, Puerta Real, 10 de octubre de 2013 a 12 de enero 2014) 
Absoluto 

Impresionante la imagen que anuncia en la Acera del Casino la exposición sobre los fotógrafos estereoscopistas franceses. Sabemos que es Granada porque se muestran inconfundibles las torres de la Virgen de la Angustias, la linterna del palacio de Bibataubín y más lejos la iglesia de los Escolapios, ¡pero nada o muy poco del resto parece haber permanecido a pesar que sólo han transcurrido 150 años!
Extraño que siendo la misma, aquélla sea una ciudad radicalmente diferente de ésta. ¿Cómo es posible? Difícil de comprender que en un siglo y medio una ciudad cambie tan radicalmente. Y, sin embargo, todo en la vida es así. Son cambios graduales, imperceptibles, uno aquí, otro allá, pero que, a la larga, revelan lo que es la existencia: una transformación sin pausa, como los mares que hoy son montañas, como los gases que hoy son estrellas, como las estrellas que hoy son agujeros negros.
No hay nada permanente, sino un eterno cambio que hace suponer que el cosmos es un espejismo y que, como todo espejismo, fluctúa, tiembla, cambia de forma, se desvanece o se muestra. ¡Pobre de aquél que crea en la solidez! Lo sólido es un concepto de la mente pero no tiene existencia real. Como Granada no es la ciudad que fue hace 150 años ni la que será dentro de otros 150, así nuestra vida es también un vario y cambiante río.
Como aquellas civilizaciones perdidas que emergen estrato a estrato, desde el más moderno al más antiguo, así es nuestra biografía, una sucesión de capas, de yacimientos, de edades. He tenido ocasión de comprobarlo al entrar en la casa paterna y tener que oficiar de escrutador y tasador de cuanto allí se fue acumulando a lo largo de casi seis décadas, desde el matrimonio de mis padres hasta la muerte del último de ellos. De esta forma, ha ido apareciendo mi pasado, el reciente, mis novelas, mis artículos, mis viajes, pasando por el medio, mis hijos, mi boda, mis estudios universitarios, hasta llegar a la más lejana niñez, mis dibujos, mis juegos de ilusionista, las tarjetas, cartas y felicitaciones escritas a mis padres y hermanos, mis primeras calificaciones…
¡Qué vértigo! Era a la par Heinrich Schliemann  descubriendo Troya y Troya misma, era el investigador y el investigado, el hombre frío y lúcido que tasa el pasado y el hombre que contempla con emoción las metamorfosis de su vida. Gusano, crisálida, mariposa, así he sido, así somos, y si tenemos la ilusión de permanencia es porque los cambios circulan junto a nosotros a diferente ritmo, y el Sol, con un ciclo de miles de millones de años parece no cambiar, y una ciudad cambia sólo ligeramente, pero ahí están las fotos o las excavaciones de los arqueólogos o los cálculos de los científicos o la muerte de nuestros seres queridos para mostrarnos la impermanencia del mundo, desde lo más grande a lo más pequeño, desde las galaxias hasta nuestro propio corazón.
¿No habrá nada que no cambie, que sea fiel e idéntico a sí mismo? Tal vez la energía, dirían los físicos. Tal vez Dios, dirían los creyentes. Y uno comprende la larvada angustia de la humanidad y el ansia imperiosa de absoluto. Hasta Einstein intentó encontrarlo en la velocidad de la luz… ¡para toparse con la relatividad!

GREGORIO MORALES
Diario IDEAL, martes, 22 de octubre, 2013

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